Hay empresarios que no paran un segundo.
Y, sin embargo, su empresa lleva años igual. Estancada.
Da igual cuánto trabajen.
Da igual que se levanten a las cinco de la mañana y vuelvan a casa a las nueve de la noche.
Da igual.
Su empresa sigue igual.
No avanza.
Y si está claro que no es por falta de esfuerzo, ni porque “no sean muy listos» -porque yo conozco a muchos que son muy, muy espabilados-.
¿A qué puede deberse?
Pues te lo voy a decir: falta dirección.
Falta tener un fin al que dirigirse.
¿No has escuchado nunca eso de “da igual cuánto corras si no sabes a dónde vas”?
Pues eso.
En fin, ya lo sabes.
Lo que diferencia a quien tiene un negocio que crece de quien solo tiene un trabajo que le consume, es que el primero sabe a dónde va.
Porque moverse no es avanzar.
Facturar no es mejorar.
Y estar ocupado no significa estar siendo productivo.
El problema es que, cuando llevas tiempo en ese ritmo frenético, confundes movimiento con progreso.
Y crees que por hacer mucho estás yendo bien.
Pero si no sabes hacia dónde vas, cualquier dirección parece buena…
Y a veces, la mejor forma de avanzar no es acelerar, sino parar y mirar si el camino tiene sentido.
Y sí, cuesta hacerlo.
Pero cuesta más seguir corriendo en círculos.
Y hasta aquí el plan.