En cierta ocasión tuve contratado un jefe de equipo que era una maravilla.
No se le escapaba una.
El chaval lo tenía todo controladísimo.
Si algo debía moverse, él tenía que saberlo.
Si algo debía decidirse, él debía revisarlo primero.
Y yo, encantado con lo responsable que era.
O al menos lo estuve hasta que me di cuenta de que, en realidad, el chico era más un problema que una bendición.
Porque su equipo era el que avanzaba más despacio.
Eso sí, más “estable”.
Pero lento. Muy lento.
Y fíjate que yo soy de los que prefieren que las cosas estén bien controladas y sean fiables.
Pero todo tiene un límite.
Porque si todo pasa por ti, todo se frena en ti.
Y si tú fallas, todo falla.
El problema es que al principio parece inevitable.
Piensas que nadie lo hará tan bien como tú, o que explicarlo te lleva más tiempo que hacerlo.
Así que lo haces tú.
Una y otra vez.
Hasta que un día llegas a la conclusión de que en realidad no diriges un negocio, sino que eres el negocio.
Y eso no es control. Es agotamiento con traje de responsabilidad.
Escúchame, porque he sido cuello de botella más de una vez.
Lo que diferencia a una empresa que crece de otra que sobrevive no es el talento de su dueño, sino su capacidad para crear un sistema que funcione sin depender de él.
Y no te haces una idea de lo caro que sale ser el centro de todo.
Y hasta aquí el plan.