Cuando las cosas te van mal porque no sabes hacerlo bien, fastidia, pero tienes excusa.
Pero que se te tuerza el asunto porque no quieres cambiar lo que hasta ayer te funcionaba… eso ya no te cubre tanto.
Y da igual que “el cómo lo hacías” fuera la mejor forma de hacerlo.
Porque era la mejor forma de hacerlo ayer.
Puede que incluso también lo sea hoy.
¿Pero estás seguro de que seguirá siéndolo mañana?
Y fíjate: también da igual que aciertes y mañana siga funcionando.
Porque si no es mañana, será pasado.
Pero tarde o temprano, la situación exigirá un cambio.
Y si no te adelantas, te arrollará, como ha arrollado a tantos empresarios.
Y ya me dirás tú si no es doloroso ver cómo se te cae el imperio solo por haber mantenido el “cómo se hacen las cosas” en tu empresa.
Por haberte conformado.
Aunque bueno, quizá no es conformismo.
Quizá es miedo.
Miedo a probar algo distinto y que no funcione.
Ya sabes…si así ya va bien, ¿para qué tocarlo, verdad?
Te entiendo.
Pero el problema de repetir lo que funcionó es que, tarde o temprano, deja de funcionar.
O, como mínimo, deja de hacerlo tan bien.
Porque el mercado cambia.
El cliente cambia.
Y, aunque no lo notemos, nosotros también cambiamos.
Cuesta verlo, porque mientras haya trabajo parece que todo va bien.
Pero pasa.
Y al final llegas a la conclusión de que en realidad solo te estás manteniendo.
De todo esto, basta con que te quedes con que crecer no es hacer más.
Es hacer mejor.
Y que eso, casi siempre, exige cambiar algo.
Y hasta aquí el plan.