Me juego la mano con la que no escribo a que, si tienes personal en plantilla, has dicho alguna vez una de estas cosas:
— No les importa nada la empresa.
— Solo les importa cobrar la nómina cada mes.
— Siempre fallan en las mismas cosas.
— Para que se muevan tengo que empujarles.
Es probable, incluso, que tengas razón.
Puede que pequen de todas esas cosas… y de unas cuantas más.
Pero ¿sabes qué es lo curioso?
Que, por regla general, tus empleados se parecen mucho más a ti de lo que crees.
Quizá si te miras a ti mismo no lo veas.
Pero fíjate en algún colega empresario y verás que tengo razón.
El que es desordenado, suele tener gente caótica.
El desconfiado, equipos inseguros.
El que no planifica, trabajadores que van a salto de mata.
Y el que no reconoce el esfuerzo, empleados que se limitan a hacer lo justo.
Y es que la gente no copia lo que dices.
Copia lo que haces.
Así que, si quieres saber realmente cómo eres —y no cómo crees que eres—, mira a tu gente.
Porque tu empresa es el mejor espejo.
Y lo que ves reflejado ahí muchas veces es el resultado de lo que pasa dentro de ti.
Por eso, cuando algo no funciona, antes de cambiar de gente conviene mirarse al espejo.
No para culparse, sino para entender qué estás transmitiendo.
Porque el día que cambias tú, empieza a cambiar todo lo demás.
Y hasta aquí el plan.